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Las limitaciones de los modelos económicos: qué pasan por alto y dónde siguen funcionando

En noviembre de 2008, durante una visita a la London School of Economics, la reina Isabel II formuló la pregunta que los demás eran demasiado educados para plantear sin rodeos: ¿por qué nadie lo había visto venir? La respuesta que finalmente se le envió por escrito lo atribuyó a un fallo de la imaginación colectiva.

La conclusión tentadora habría sido que los modelos económicos no sirven para nada. La economista británica Joan Robinson resumió mejor la lección: un modelo que recogiera cada variación de la realidad no sería más útil que un mapa a escala uno a uno. Los modelos son distorsiones deliberadas, y la cuestión no es si son falsos ,todos lo son en cierta medida, sino qué falsedades importan y cuándo.

Dónde fallan los modelos económicos

La teoría clásica y neoclásica

La economía clásica parte de una idea poderosa: los mercados descentralizados pueden coordinar millones de decisiones sin una dirección central, como en la famosa idea de la “mano invisible” de Smith. La economía neoclásica afinó esa lógica. Los consumidores maximizan la utilidad, las empresas maximizan los beneficios y los precios se ajustan hasta que la oferta iguala a la demanda. A los trabajadores se les paga según su productividad, y el capital fluye hacia los usos que ofrecen el mejor rendimiento.

Estas ideas siguen presentes en casi todos los cursos introductorios de economía porque explican muchísimo. Si sube el precio de las fresas, los consumidores tienden a comprar menos fresas. Si aumentan los salarios en una determinada ocupación, con el tiempo es probable que más personas se formen para ejercerla. Si un fabricante puede producir el mismo componente más barato que otro, la producción tiende a desplazarse hacia la empresa más eficiente.

Sin embargo, los mercados reales están llenos de desequilibrios de poder. Un trabajador que negocia con el único gran empleador de un pueblo pequeño no participa en el mismo tipo de mercado que un programador que elige entre diez empresas tecnológicas que compiten entre sí. Un inquilino que busca piso para la semana que viene tiene menos poder de negociación que un casero que puede esperar tres meses. Una farmacéutica con una patente no se enfrenta a la presión competitiva que se supone en el mercado de manual, con cientos de vendedores intercambiables.

La información también es desigual. Los compradores pueden no saber si un coche de segunda mano es fiable. Los pacientes no pueden juzgar con facilidad si un tratamiento médico es necesario. Los inversores pueden malinterpretar productos financieros opacos. A menudo las empresas saben más sobre sus productos, riesgos y costes que los clientes o los reguladores.

Luego está el propio comportamiento. Los modelos neoclásicos suelen suponer que los individuos responden de forma coherente a los precios y los incentivos; es decir, que tienen expectativas racionales. Las personas sí responden a los incentivos, pero no siempre con la precisión que dan por hecha los modelos. La gente procrastina, sigue a la multitud, teme más las pérdidas que las ganancias equivalentes y a veces sacrifica ingresos por justicia, identidad o costumbre. Un consumidor puede quedarse con un banco caro durante años porque cambiar resulta molesto. Un trabajador puede rechazar un empleo mejor pagado porque le obliga a alejarse de su familia.

La teoría del crecimiento ofrece otro ejemplo. El modelo de Solow, uno de los modelos neoclásicos centrales, muestra cómo interactúan la acumulación de capital, el crecimiento de la población y el progreso tecnológico. Explica por qué sumar máquinas sin más no puede generar un crecimiento que se acelere de forma permanente: tarde o temprano aparecen los rendimientos decrecientes.

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Pero la tecnología, el principal motor de las mejoras en la productividad total de los factores, aparece en gran medida desde fuera del modelo. El mecanismo responsable de los aumentos sostenidos del nivel de vida a largo plazo se trata como algo exógeno. Es una omisión considerable. Los gobiernos y las empresas gastan enormes sumas en educación, investigación, infraestructuras y propiedad intelectual precisamente porque el progreso tecnológico no es un maná que caiga del cielo económico.

Por eso la teoría neoclásica es más sólida cuando las presiones competitivas son significativas, los precios pueden ajustarse y las instituciones son razonablemente estables. Pierde fiabilidad cuando el monopolio, las lagunas de información, la inestabilidad financiera, la negociación política o las rarezas del comportamiento determinan el resultado.

La economía keynesiana y el modelo IS-LM: demanda, multiplicadores y expectativas

La economía keynesiana, cuyos orígenes se remontan a la Gran Depresión de la década de 1930, parte de una debilidad de la teoría clásica: las economías no siempre se curan solas con rapidez. Si los hogares recortan de golpe el gasto y las empresas dejan de invertir, la demanda total puede desplomarse. Las empresas reducen entonces la producción y despiden a trabajadores. Esos trabajadores desempleados gastan menos, lo que debilita aún más la demanda. Una economía puede quedar atrapada por debajo de su capacidad productiva durante meses o años.

Esta idea resultó especialmente importante durante las recesiones profundas. También dio lugar a uno de los diagramas más famosos de la macroeconomía: el modelo IS-LM. El modelo reduce toda una economía a dos mercados que interactúan. La curva IS representa el equilibrio en el mercado de bienes y conecta los tipos de interés con los niveles de producción. La curva LM representa el equilibrio en el mercado de dinero. Su intersección da una combinación de renta nacional y tipos de interés en la que ambos mercados se equilibran.

Su atractivo es evidente. La política fiscal desplaza la curva IS. La política monetaria desplaza la curva LM. De repente, una economía nacional compleja puede analizarse en una sola hoja de papel. Dicho esto, el sistema financiero queda reducido hasta casi resultar irreconocible. Los bancos, los mercados de bonos, el riesgo de crédito, las garantías, el apalancamiento y los precios de los activos apenas aparecen. Sin embargo, en las economías modernas estos mecanismos suelen determinar si unos tipos de interés más bajos estimulan realmente el gasto.

Supongamos que un banco central recorta su tipo de interés oficial durante una crisis bancaria. El modelo IS-LM sugiere que el dinero más barato debería fomentar el endeudamiento y la inversión y suavizar la caída del ciclo económico. Pero ¿y si los bancos intentan reparar balances dañados y se niegan a prestar? ¿Y si las empresas ya están ahogadas en deudas? ¿Y si los hogares temen el desempleo y prefieren pagar sus hipotecas antes que comprar coches?

Las expectativas plantean otro problema. Un gobierno que anuncia hoy un mayor gasto puede estimular la demanda. Pero a los consumidores y las empresas también les importa lo que creen que serán los impuestos, la inflación y los tipos de interés mañana. Dos políticas que parecen idénticas dentro de un modelo keynesiano simple pueden producir resultados distintos si las expectativas difieren.

La inflación complica todavía más las cosas. Los primeros análisis keynesianos se centraron sobre todo en la demanda y el desempleo. La estanflación de la década de 1970 (inflación alta combinada con crecimiento débil) demostró que los shocks de oferta podían romper la sencilla relación entre demanda y precios. Un shock del petróleo puede elevar los costes de producción y reducir la producción al mismo tiempo. Estimular la demanda puede entonces sostener el empleo mientras empeora la inflación.

La macroeconomía moderna ha construido modelos mucho más ricos para abordar algunos de estos problemas, como los modelos dinámicos estocásticos de equilibrio general (DSGE). Pero la vieja lección keynesiana sobrevive: la demanda agregada puede importar enormemente, sobre todo cuando una economía tiene capacidad sin utilizar.

El modelo IS-LM se entiende mejor no como una máquina de previsión, sino como una herramienta didáctica. Obliga al analista a preguntarse cómo interactúan la política monetaria y la fiscal. Solo se vuelve peligroso cuando sus curvas limpias se confunden con la enrevesada fontanería de un sistema financiero real.

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El monetarismo: cuando el dinero deja de ser una guía fiable de los precios

El monetarismo, que ganó protagonismo en las décadas de 1960 y 1970, devolvió el dinero al centro de la macroeconomía. Su proposición más famosa es sencilla: la inflación sostenida requiere, en última instancia, un crecimiento excesivo de la oferta monetaria en relación con la capacidad de la economía para producir bienes y servicios. Si hay muchísimo más dinero persiguiendo aproximadamente la misma cantidad de producción, los precios tienden a subir.

Fue una corrección importante frente a las teorías que trataban las condiciones monetarias como algo secundario. También empujó a los responsables políticos a tomarse en serio la credibilidad de los bancos centrales. La inflación persistente no puede achacarse sin más a empresas codiciosas, reivindicaciones salariales o escaseces temporales si la política monetaria acomoda una y otra vez la subida de los precios.

Pero controlar “la oferta monetaria” es más difícil de lo que la expresión sugiere. Dicho de forma simple, ¿en qué dinero deberíamos fijarnos? Los economistas distinguen entre medidas estrechas, como el efectivo físico y las reservas bancarias, y medidas más amplias, que incluyen los depósitos bancarios y otros activos líquidos. Estos agregados no siempre se mueven a la vez. La innovación financiera también puede cambiar cuánto gasto sostiene una cantidad dada de dinero medido.

La velocidad (el ritmo al que circula el dinero) plantea otra dificultad. Una relación monetaria sencilla vincula la cantidad de dinero, su velocidad, el nivel de precios y la producción real. Si la velocidad fuera estable, controlar la oferta monetaria ofrecería una senda relativamente previsible para el gasto nominal.

Pero la velocidad puede cambiar bruscamente. Durante un pánico financiero, los hogares y las empresas pueden acaparar activos líquidos. Los bancos pueden acumular reservas. El dinero puede expandirse sin generar un aumento equivalente del gasto de consumo. En otros momentos, el crédito puede crecer con rapidez aunque los agregados monetarios tradicionales parezcan contenidos.

Por eso los bancos centrales descubrieron que alcanzar los objetivos de crecimiento monetario solía ser más difícil de lo que daba a entender la teoría monetarista. Muchos terminaron pasando a fijar como objetivo los tipos de interés a corto plazo y, más tarde, objetivos explícitos de inflación.

El monetarismo también tiene problemas cuando se usa para explicar de forma mecánica los movimientos de precios a corto plazo. Una sequía puede encarecer los alimentos. Un embargo puede encarecer la energía. Una pandemia puede alterar las cadenas de suministro. Estos acontecimientos pueden generar brotes de inflación sin estar causados en un principio por un crecimiento excesivo del dinero.

La pregunta crucial es qué ocurre después. Si la política monetaria acomoda subidas de precios repetidas y permite que las expectativas se ajusten al alza, la inflación temporal puede volverse persistente. En este sentido, el monetarismo sigue siendo útil como advertencia sobre las condiciones monetarias que permiten que la inflación perdure, aunque sea menos eficaz como regla de previsión mes a mes.

La ventaja comparativa: las ganancias del comercio y quién se las queda

Pocos modelos económicos son a la vez tan potentes y tan malinterpretados como la ventaja comparativa. El principio suele resumirse mal como “los países deberían producir aquello en lo que son mejores”. No es del todo cierto. Un país puede beneficiarse del comercio aunque sea peor produciendo de todo. Lo que importa es el coste de oportunidad.

Imaginemos que el país A puede producir, con una cantidad dada de trabajo, o bien 100 toneladas de trigo o bien 50 máquinas. El país B puede producir o bien 60 toneladas de trigo o bien 10 máquinas. El país A es más productivo en ambas industrias. Sin embargo, producir una máquina le cuesta al país A dos toneladas de trigo, mientras que al país B le cuesta seis. Por tanto, el país A tiene ventaja comparativa en las máquinas y el país B tiene ventaja comparativa en el trigo.

Si cada uno se especializa más según esos costes relativos y luego comercia, la producción total puede aumentar. Ambos países pueden, potencialmente, consumir más de lo que podrían de forma aislada. La palabra “potencialmente” es clave aquí. La ventaja comparativa muestra que el comercio puede aumentar el tamaño del pastel económico en su conjunto, pero no garantiza que cada individuo reciba una porción mayor.

Supongamos que un país rico se abre a las importaciones de bienes manufacturados intensivos en mano de obra. Los consumidores salen ganando porque la ropa, los muebles y la electrónica se abaratan. Los exportadores pueden salir ganando porque se amplían los mercados extranjeros. Los propietarios del capital pueden salir ganando a medida que las empresas reorganizan la producción a escala internacional.

Sin embargo, los trabajadores que compiten directamente con las importaciones pueden salir perdiendo. El cierre de una fábrica en una región genera pérdidas concentradas y visibles. Las ganancias de unas importaciones más baratas se reparten de forma difusa entre millones de consumidores. Un hogar podría ahorrar unos cientos de euros al año gracias a los precios más bajos sin darse cuenta siquiera. Un operario que pierde un salario de 40.000 € lo nota de inmediato. Esto es exactamente lo que ha ocurrido en Norteamérica y Europa en las últimas décadas, a medida que las empresas han deslocalizado buena parte de la producción industrial, sobre todo a China.

El ajuste también es más lento de lo que dan a entender los modelos de comercio sencillos. Los trabajadores no pueden transformarse al instante de empleados textiles en ingenieros de software. Las capacidades son específicas. Las viviendas no siempre pueden venderse con facilidad. Las familias tienen raíces. Las nuevas industrias pueden surgir a cientos de kilómetros de las antiguas. Por tanto, el comercio puede aumentar la renta nacional y, al mismo tiempo, empeorar la situación de determinados sectores, ciudades o generaciones de trabajadores.

La política entra en juego precisamente en este punto. Si los gobiernos utilizan parte de las ganancias del comercio para financiar la recualificación, la movilidad, las infraestructuras o el apoyo a la renta, el daño distributivo puede suavizarse. Si el ajuste se deja por entero en manos de los trabajadores desplazados, el rechazo al comercio no debería sorprender a nadie.

La ventaja comparativa sigue siendo una de las demostraciones más sólidas de la economía sobre por qué el intercambio puede crear riqueza. Sin embargo, la eficiencia y la distribución son cuestiones distintas; un país puede ganar con el comercio mientras algunos de sus ciudadanos salen muy perjudicados.

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Límites que comparten todos los modelos económicos

La mayoría de los modelos económicos comparten varias limitaciones más profundas. La primera es la simplificación. Los modelos excluyen variables de forma deliberada. No hay alternativa. Un modelo que contuviera cada hogar, empresa, norma, creencia, transacción y posibilidad tecnológica dejaría de ser un modelo. Sería la propia economía.

Por tanto, la pregunta útil no es si los supuestos son poco realistas. Todos los modelos contienen supuestos poco realistas. La cuestión es si los factores omitidos son importantes para el problema que se estudia. Por ejemplo, suponer que los pasajeros de un avión pesan lo mismo puede ser inofensivo al estimar la demanda de billetes. Sería desastroso al calcular la carga de la aeronave.

En segundo lugar, los parámetros cambian. Los economistas suelen estimar relaciones a partir de datos históricos: cuánto reducen el gasto los consumidores cuando suben los tipos de interés, con qué rapidez responden los salarios al desempleo, cómo reacciona la inversión ante los cambios impositivos. Estas relaciones no son constantes físicas. Las instituciones evolucionan. La tecnología cambia. Las regulaciones se transforman. Las personas aprenden. Una relación estimada a partir de los años noventa puede no sobrevivir a la llegada de los smartphones, la banca en línea, el trabajo en remoto o la fijación algorítmica de precios.

En tercer lugar, las personas responden a la propia política, algo que también se conoce como la crítica de Lucas. Si un gobierno adopta una regla previsible, los hogares y las empresas pueden cambiar su comportamiento por anticipado. Un modelo construido a partir de relaciones pasadas puede volverse entonces poco fiable precisamente porque los responsables políticos empiezan a usarlo.

En cuarto lugar, los datos económicos son imperfectos. El PIB se revisa. Las encuestas de empleo contienen errores de muestreo. Las mediciones de la inflación exigen juicios sobre la cambiante calidad de los productos. La actividad económica informal puede escapar a la medición, y los responsables políticos a menudo toman decisiones con datos que tendrán otro aspecto seis meses después.

Por último, los modelos tienden a manejar mejor las variables medibles que las institucionales. Los tipos de interés encajan perfectamente en las ecuaciones, pero cosas como la confianza, la legitimidad política, la cohesión social, la corrupción, la competencia organizativa o el miedo no lo hacen. Y, sin embargo, estas pueden determinar si políticas idénticas producen resultados radicalmente distintos en países diferentes.

Dónde los modelos económicos siguen ganándose su sitio

A pesar de sus limitaciones, los modelos siguen siendo enormemente importantes para entender cómo funciona la economía. Para empezar, sacan los supuestos a la luz. Si alguien afirma que una bajada de impuestos aumentará la inversión, un modelo pregunta con qué intensidad responden las empresas al rendimiento del capital después de impuestos. Si un gobierno afirma que los aranceles crearán empleo, un modelo comercial pregunta qué ocurre con los costes de los insumos, los precios al consumo, las exportaciones y las represalias. Si un banco central sube los tipos de interés para controlar la inflación, un modelo macroeconómico obliga a los analistas a seguir el efecto a través del endeudamiento, el gasto, el empleo y los precios.

Los modelos también son valiosos para los contrafactuales. Los responsables políticos observan lo que ocurrió, pero rara vez lo que habría ocurrido con otra política. Una recesión puede seguir a una subida de los tipos de interés, pero la pregunta relevante es si la inflación habría sido peor sin ella. La liberalización del comercio puede coincidir con cierres de fábricas, pero algunas empresas podrían haber cerrado de todos modos por la automatización.

Los modelos resultan especialmente útiles cuando se tratan como un conjunto y no como una única doctrina. Un responsable político que analice la inflación podría empezar con una pregunta monetarista sobre el gasto nominal, añadir un análisis keynesiano de la demanda, examinar las restricciones de oferta y considerar después las expectativas y el comportamiento del mercado laboral. Cada modelo ilumina una parte del mecanismo.

La economía es demasiado complicada para caber en una sola ecuación. Eso no hace inútiles las ecuaciones; simplemente significa que los economistas deberían recordar qué partes del mundo borraron antes de ponerse a calcular.

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